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Sismos, inundaciones, incendios: ¿estamos preparados? Por. Francisco Ortiz Bello / Analista

LaVozDelDesierto by LaVozDelDesierto
20 de abril de 2026
in NOTICIA, OPINIÓN
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Migrantes: seres humanos vulnerables Por. Francisco Ortiz Bello / Analista
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Ciudad Juárez, Chihuahua, enfrenta una combinación de riesgos naturales que históricamente han sido subestimados

Ciudad Juárez, Chihuahua, enfrenta una combinación de riesgos naturales que históricamente han sido subestimados: la sismicidad interplaca y las inundaciones derivadas de su configuración geográfica. Esta colaboración analiza de manera integral ambos fenómenos, su interacción y las implicaciones para la gestión de riesgos y la protección civil.

En Ciudad Juárez no tiembla… hasta que tiembla. No se inunda… hasta que el agua arrastra autos, invade casas y paraliza colonias enteras luego de las lluvias, o durante las mismas. Ese es el problema: aquí los desastres no son cotidianos, pero, cuando llegan, exhiben con crudeza una verdad incómoda: la ciudad está estructuralmente mal preparada para enfrentarlos. Y no se trata de fatalismo. Se trata de física, orografía, geografía y decisiones públicas. Se trata de realidades ya inocultables.

Juárez es una ciudad sobre suelo frágil, mal planeada y sin un sistema de drenaje pluvial adecuado para dar cauce a las precipitaciones. Durante años, nuestra ciudad se vendió a sí misma como una zona de bajo riesgo sísmico, y los gobernantes de distintos niveles de gobierno validaron esa premisa. La narrativa era conveniente: lejos de las grandes fallas del Pacífico, aquí no pasaba nada. Pero esa certeza ya no se sostiene.

En los últimos años se han registrado sismos que no son terremotos devastadores, pero sí lo suficientemente frecuentes y perceptibles como para encender una alerta técnica: la región no es inmune, solo está subestimada. Investigaciones y estudios realizados por la UACJ y otras instituciones paseñas dan cuenta de la “Falla Franklin” (Franklin Mountains Fault), una falla geológica activa de tipo extensión que atraviesa la frontera entre El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, México. Representa la principal amenaza sísmica de la región y, de acuerdo con dichos estudios, tiene el potencial de generar terremotos de hasta 7.0 grados en la escala de Richter. Se origina por la presión interna que fractura la corteza terrestre, atravesando la ciudad desde La Chaveña, en el centro, hasta el Valle de Juárez.

Se acabó, pues, el mito de que en Juárez no tiembla. Pero el problema no es solo que tiemble, sino dónde está construida la ciudad, porque una gran parte de la mancha urbana descansa sobre sedimentos aluviales, suelos arcillosos y antiguos cauces del río Bravo, todos ellos con poca estabilidad estructural.

Estos tipos de suelo, por los materiales que los constituyen, funcionan como amplificadores naturales de las ondas sísmicas; es decir, un sismo moderado de baja o mediana intensidad puede sentirse y dañar como uno mucho mayor. La paradoja es brutal: una ciudad con sismos relativamente pequeños, pero con condiciones ideales para multiplicar sus efectos.

Y ya que se están cayendo algunos mitos sobre la ciudad, enfrentemos el otro: el agua siempre encuentra su camino. Antes, hace algunas décadas, se decía que en Juárez no llovía, o que llovía muy poco; por ello, nadie se ocupó de construir una infraestructura pluvial adecuada. Hoy la realidad es otra: sí llueve, y con intensidad.

Si el riesgo sísmico es un aviso, el agua es la evidencia. Cada temporada de lluvias se repite el mismo patrón: calles convertidas en ríos o lagunas, vehículos varados, viviendas afectadas. Basta una lluvia que en otras ciudades sería menor para desatar el caos. Pero la explicación no está en el cielo, sino en la tierra.

Juárez está asentada en una especie de cuenca natural, rodeada por elevaciones como la Sierra de Juárez. Desde ahí, el agua desciende con fuerza durante las tormentas, siguiendo rutas que existían mucho antes que la ciudad: los llamados canales o acequias. Sin embargo, esas rutas fueron invadidas por asentamientos humanos o convertidas en calles.

El crecimiento urbano desordenado, la pavimentación masiva sin planeación adecuada y una red pluvial incompleta han generado un fenómeno tan predecible como ignorado: el agua no desaparece, solo busca por dónde pasar… y termina pasando por donde puede.

Las acequias, canales y sistemas de conducción —muchos heredados de una lógica agrícola— hoy resultan insuficientes para una ciudad que creció sin respetar su propia geografía.

El resultado: inundaciones con lluvias moderadas, saturación del drenaje, colapsos viales y daños patrimoniales. No es un accidente, ni culpa de la lluvia. Es un diseño fallido. Tal vez ya no se pueda corregir por completo, pero sí se puede prevenir.

El riesgo que nadie está midiendo aparece cuando el suelo cede. Hay un punto aún más delicado —y prácticamente ausente del debate público—: la interacción entre los sismos y las lluvias.

Cuando el suelo se satura por las lluvias, pierde rigidez, disminuye su capacidad de carga y se vuelve más vulnerable a vibraciones. Si en ese contexto ocurre un sismo, incluso moderado, el escenario se agrava: estructuras debilitadas, posibles hundimientos diferenciales y daños acumulativos que permanecen invisibles hasta que colapsan.

No es un escenario alarmista ni fatalista. Es un riesgo técnico real que no está siendo incorporado en la planeación urbana ni en los protocolos de emergencia.

En el papel, México cuenta con un sistema de Protección Civil estructurado en tres niveles: municipal, estatal y federal. En la práctica, funciona más como una cadena de reacción que como un sistema de prevención. El nivel municipal responde primero, pero con recursos limitados; el estatal coordina, pero muchas veces llega tarde o con capacidades desiguales; y el federal interviene en crisis mayores, cuando el daño ya está hecho.

El problema es de enfoque: se actúa después del desastre, no antes. No se prevé, no se planea, no se anticipa; solo se reacciona.

En Ciudad Juárez esto se traduce en atlas de riesgo desactualizados o poco vinculantes, falta de sistemas de alerta temprana, escasa cultura ciudadana de prevención, infraestructura que no crece al ritmo de la ciudad y falta de conciencia social sobre las amenazas latentes.

Existen diferencias fundamentales entre los desastres naturales y los provocados por el ser humano: un sismo no se puede evitar; una inundación sí puede mitigarse; un incendio —salvo los intencionales— puede prevenirse casi por completo. Pero todos estos fenómenos comparten algo: exigen preparación real, no simulada.

Eso implica regulación estricta del uso de suelo, normas de construcción efectivas, inspecciones constantes, educación ciudadana obligatoria y coordinación interinstitucional sin vacíos.

Hoy, en Juárez, esos elementos existen de forma fragmentada, desigual o insuficiente. El mejor ejemplo es el reciente incendio en un establo o granja de la colonia San Antonio.

La verdadera amenaza no es el fenómeno, es la vulnerabilidad. Y lo más preocupante no es que Juárez pueda enfrentar un sismo, una lluvia intensa o un gran incendio. Lo verdaderamente grave es que la ciudad creció ignorando su geografía, que la infraestructura no acompaña ese crecimiento, que la prevención sigue siendo secundaria y que la coordinación institucional es reactiva.

En otras palabras, el riesgo no está en la naturaleza, está en cómo se decidió habitarla. ¿Qué tendría que pasar para evitar una tragedia?

No se trata de soluciones imposibles. Se trata de decisiones políticas que no se han querido tomar con suficiente profundidad:a) Integrar un sistema real de gestión de riesgos que cruce datos sísmicos, hidráulicos y urbanos.b) Expandir y rediseñar la red de drenaje pluvial con lógica de cuenca, no de parches.c) Aplicar normas de construcción que contemplen, aunque sea de manera moderada, el riesgo sísmico.d) Recuperar cauces naturales en lugar de seguir invadiéndolos.e) Profesionalizar y fortalecer a Protección Civil en sus tres niveles con enfoque preventivo.

Pero, sobre todo, asumir algo incómodo: Juárez no es una ciudad en riesgo futuro. Es una ciudad en riesgo presente que ha tenido suerte. La historia de muchas tragedias urbanas comienza igual: advertencias ignoradas, diagnósticos archivados, decisiones postergadas. Nuestra ciudad todavía está a tiempo de no sumarse a esa lista.

La pregunta ya no es si habrá otro evento —una lluvia más intensa, un sismo más fuerte o un gran incendio—. La pregunta es si, cuando ocurra, la ciudad seguirá improvisando… o finalmente estará preparada.

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