Mientras la Copa Mundial de la FIFA 2026 reúne a las selecciones nacionales para disputar el máximo trofeo del fútbol, una tragedia en Venezuela recordó la existencia de otro mundial, uno donde no hay rivales ni campeones individuales.
Así fue. El pasado 24 de junio la naturaleza cambió el guión luego de que un “doblete sísmico”, dos terremotos ocurridos con apenas 39 segundos de diferencia, sacudiera el norte de Venezuela. Fue entonces cuando comenzó a escribirse el mundial de la solidaridad, uno en el que el mundo entero juega en el mismo equipo para salvar vidas.
El caso es que, mientras el balón seguía rodando en el Mundial de la FIFA y el campeonato avanzaba hacia la fase de dieciseisavos de final, otro “mundial” comenzaba sin ceremonia inaugural ni calendario oficial. Y es que, si entendemos que mundial es todo aquello que pertenece o involucra al mundo entero, entonces la respuesta internacional a la tragedia venezolana merece ese calificativo con toda justicia.
En el otro mundial, nadie tuvo que convocar a las selecciones. No hubo sorteos ni grupos. Simplemente, el mundo respondió. Rescatistas, médicos, ingenieros, especialistas en estructuras, binomios caninos y personal de protección civil de más de treinta naciones se movilizaron para apoyar las labores de búsqueda y rescate. No viajaron para derrotar a un adversario, sino para salvar vidas.
En este otro escenario no existen rivales. Las banderas conservan su identidad, pero dejan de marcar fronteras para convertirse en símbolos de cooperación. Cada persona rescatada representa una victoria compartida; cada vida preservada vale más que cualquier campeonato.
México, por supuesto, no es la excepción. A lo largo de su historia ha demostrado que, cuando la emergencia llama, la solidaridad cruza cualquier frontera. Sus brigadas de rescate, reconocidas internacionalmente por su experiencia y profesionalismo, han estado presentes en múltiples desastres naturales, confirmando que la ayuda humanitaria también forma parte de la identidad de un país.
Quizá ese sea el campeonato del mundo que más debería inspirarnos. Porque, al final, las copas se exhiben en vitrinas, pero la solidaridad queda grabada para siempre en la memoria de quienes recibieron una mano cuando más la necesitaban. Ese es, sin duda, el otro mundial. Uno en el que toda la humanidad puede salir campeona.
Ahora, el Mundial de la FIFA 2026 ya entró en su recta final y en el camino han quedado selecciones históricas, favoritas inesperadamente eliminadas y sueños que terminaron con el silbatazo final. En el otro mundial, el de Venezuela, cada nación que se suma fortalece al equipo de la humanidad y mantiene vivo el partido más importante de todos: el de la solidaridad mundial. Un partido cuyo silbatazo final no debería llegar nunca.
A modo de conclusión, retomo una idea que sintetiza la reflexión que ahora nos ocupa: el mundo es un solo equipo, aunque no siempre juegue como tal.











