Una escena filmada en 1966 muestra a Dylan y Lennon en un momento incómodo. Detrás del intercambio, se jugaba una tensión clave sobre influencia y autoría
The New York Times
La noche del 26 de mayo de 1966, los Beatles entraron en los estudios EMI en Abbey Road para trabajar en su álbum más ambicioso hasta la fecha, Revolver. A unos cinco kilómetros de allí, su amigo Bob Dylan subía al escenario del Royal Albert Hall.
Delgadísimo, al borde del agotamiento, Dylan, de 25 años, se acercaba al final de una extenuante gira mundial, la primera que hacía con una banda, durante la cual había sido objeto de abucheos frecuentes y amenazas de muerte ocasionales. Muchos fans se sentían traicionados por este nuevo Dylan de cabello alborotado y guitarra eléctrica que ya no tocaba sus viejas canciones de protesta. Esa noche en Londres, él y sus compañeros músicos recibieron “la reacción más dura hasta el momento”, según el guitarrista Robbie Robertson.
Alrededor de la 1 a. m., John Lennon, de 25 años, se dirigió desde Abbey Road al hotel May Fair. Allí se alojaba Dylan con su banda y un equipo de documental que lo seguía, dentro y fuera del escenario.
Lennon y los demás Beatles habían pasado mucho tiempo en la suite de Dylan en las semanas previas. Evitaban al equipo de filmación mientras fumaban marihuana con él y escuchaban temas de Revolver y del próximo disco de Dylan, Blonde on Blonde. Pero esa noche en el May Fair, Lennon aceptó, aunque a regañadientes, cuando Dylan le pidió que apareciera en una escena.
“Me dijo: ‘Quiero que salgas en esta película’”, recordó Lennon. “Y yo pensé: ¿Por qué? ¿Qué? ¡Me va a dejar en ridículo!”.
Al amanecer, estaban impecablemente vestidos para su debut como coprotagonistas: Lennon con un blazer sobre un suéter de cuello alto, Bob con chaqueta oscura y camisa de cuello rígido. Mientras viajaban en la parte trasera de una limusina Austin Princess, el cineasta D. A. Pennebaker los filmaba desde el asiento del pasajero. Lennon estaba rígido. Dylan estaba nervioso.
Años después, Lennon dijo que él y Dylan estaban “puestos” —bajo los efectos de la heroína— durante el viaje. Eso contradice otras declaraciones de Lennon, quien diría que no probó la droga hasta 1968. También contradice lo que se ve en los cerca de 20 minutos de grabación: Lennon parece sobrio, o casi, mientras Dylan arrastra las palabras y a veces siente náuseas.
Un fragmento de la escena aparecería en Eat the Document, un documental estrenado en 1972 y rara vez proyectado desde entonces. La grabación completa del viaje en limusina, en todo su incómodo esplendor, se filtró después del círculo de Dylan y se convirtió en una pieza de culto que circuló en copias piratas entre coleccionistas antes de aparecer en internet. Algunos escritores la han descrito como material solo apto para fans morbosos, por el retrato inquietante que ofrece de sus protagonistas.
Cuando la vi por primera vez hace muchos años, me dio vergüenza ajena. Pero después de haberme sumergido profundamente en mi propia madriguera privada de Dylan y los Beatles, tratando de determinar exactamente cómo se habían influido mutuamente, volví a esta escena y vi una versión impecablemente restaurada en una calurosa tarde de julio, en la frescura y el silencio del Bob Dylan Center en Tulsa, Oklahoma, donde forma parte de un vasto archivo con más de 100.000 piezas.
Ahora que era capaz de seguir las referencias que Dylan y Lennon se lanzaban mutuamente, tuve una impresión distinta de lo que estaba viendo. Estaba más abierto a los momentos genuinamente divertidos mezclados con sus comentarios pasivo-agresivos y sus alardes apenas disimulados. Pude ver el afecto que había entre ellos. Y me pareció que en el centro de la escena había algo real: el deseo de Dylan de arrancarle a Lennon una declaración en cámara sobre si había dependido demasiado de su obra.
Este tema delicado llevaba semanas rondándole la cabeza a Dylan. Su decisión de esperar a estar con Lennon frente a la cámara para discutirlo sugiere que pensaba que produciría una escena dramática.
¿Iguales en ego?
Los Beatles se hicieron fans de Dylan en enero de 1964, cuando se alojaban en el George V de París durante una residencia de tres semanas en el Teatro Olympia. Cuando estaban fuera del escenario, escuchaban los dos primeros álbumes de Dylan una y otra vez.
Al mismo tiempo, el primer número uno de los Beatles en Estados Unidos, “I Want to Hold Your Hand”, era ineludible. Cuando Dylan la oyó en las emisoras de radio pop de Nueva York, no le impresionó. Le dijo a un amigo, el periodista Al Aronowitz, que los Beatles eran para adolescentes. Aronowitz, quien a sus 35 años era un fan poco común de los Beatles, trató de convencerlo de que estaba equivocado.
Semanas después, después de que más de 70 millones de estadounidenses habían visto a los Beatles en The Ed Sullivan Show, Dylan cambió de opinión. Ocurrió en Colorado, durante un viaje por carretera a través del país. Los Beatles sonaban a todo volumen en la radio del coche, éxito tras éxito, y esta vez su música le impactó con fuerza.
“¿Escuchaste eso?”, dijo, según su entonces mánager de gira, Victor Maymudes. “¡Eso estuvo genial!” Dylan explicaría más tarde lo que pensaba en ese momento: “Sabía que estaban señalando la dirección hacia donde tenía que ir la música”.











