En el teatro de la política, donde cada gesto es un discurso y cada imagen un mensaje codificado, la fotografía del alcalde de Manuel Benavides, Leonel Galindo, junto a la senadora morenista Andrea Chávez, es mucho más que un simple saludo protocolario. Es un episodio que revela, con crudeza, las trampas y los riesgos que acechan a los funcionarios públicos, especialmente a aquellos de extracción opuesta al partido en el poder.
La sonrisa desprevenida del edil contrasta con la percepción generalizada de que fue «besado por el Diablo». La metáfora, tan gráfica como severa, no alude a la persona de la senadora, sino a lo que ella representa en el ecosistema político actual: Para Galindo, acercarse a ese fuego, aunque sea de manera «fugaz», puede resultar con graves quemaduras.
Se abre un abanico de interpretaciones. La primera, y más benévola, sugiere que Galindo fue «chamaqueado»; ¿qué mensaje intentaba enviar el alcalde? En los pasillos de Palacio de Gobierno, esta foto no pasará desapercibida. Podría interpretarse como una señal de debilidad, de búsqueda de acercamiento o, peor aún, de una posible defección. Esto, naturalmente, provocaría las posibles reacciones de Cruz Pérez Cuellar, para quien este gesto podría ser visto como una puñalada trapera.
En la política, la percepción es la realidad. Leonel Galindo no estaba solo en esa foto; estaba acompañado de las consecuencias. Su sonrisa, ahora, podría ser el preludio de un severo dolor de cabeza político, un recordatorio de que en la era de las redes sociales, un clic puede desencadenar un terremoto.












