Hay una perversión cromática
:dime el color de tu partidoy te digo si eres bueno o malo.
Antes para girar de un lado a otro, en un brusco cambio de 180 grados, se veía como un salto abismal e incongruente. Era cambiar de bando y convicciones o a veces llegaba hasta considerarse como una traición. Y con el estigma de quien traiciona una vez, traiciona muchas veces.
Pasar de borracho a cantinero, de maestro a alumno, de trabajador a patrón, o de ateo a creyente era una expresión de inmadurez de un cerebro medio crudo o a medio cocer, porque demostraba inmadurez e inconsistencia en sus puntos de vista y valores.
Cambiar de ideología de izquierda a derecha o de derecha a izquierda era el escándalo político; pasar de delincuente a justiciero y de autoridad a ser criminal era refugiarse en la impunidad, lo que ahora legalmente le llaman fuero.
La brújula moral, la del sentido común y de la congruencia ya no tiene imán, por lo tanto, es lo mismo el norte que el sur, el poniente que el oriente. Lo que importa ahora es cinco minutos de fama y gloria, de hacer el ridículo pero ser protagonista, sentirse estrella aunque muestre mediocridad.
La nueva medida es el acomodo, la conveniencia o como dicen en los pueblos, hacerse para donde calientan las gordas y darle vuelta a la tortilla cuantas veces sea necesario.
Hay una obsesión cromática de gobiernos que, según el color del partido político, deciden quién es el bueno y quién el malo. Los del propio partido son los buenos y todo lo que sea de oposición serán los malos. Esa es la “lógica estratégica” para barrer a los contrarios.
Los límites de lo bueno han sido invadidos por lo malo y lo pésimo. En este ambiente relativista no existe diferencias entre lo que es y lo que no es, al amparo y justificación de cada uno puede designar “su verdad” lo que ha dado nacimiento al pésimo término de “posverdad” como una “alternativa” personal a lo que le acomoda y conviene que sea su estado de confort.
La famosa serie española La Casa de Papel, donde un grupo de criminales de alta escuela penetran las bóvedas de la fábrica de billetes de euros, secuestrando por días a decenas de rehenes mientras imprimen millones de euros, logran su cometido con el desenlace de que la inspectora de policía responsable de la operación para rescatar y detener a la banda termina enamorada del “profesor” que es el cerebro criminal de la operación y por supuesto abandona su función de policía para incorporarse a la banda que cometerá otros asaltos en donde almacenan oro. Una de las rehenes, secretaria del gerente y embarazada por éste, también se enamora de un integrante de la banda y ya libres conforman una familia con el niño. Los malos pasan a ser buenos, con aspectos y detalles humanos y los “buenos” de la policía son personas con serios traumas psicológicos. Aparecen escenas donde los ciudadanos abiertamente apoyan a los ladrones en la vía pública, incorporándolos como modelos y héroes ciudadanos.
En la politica está pasando un comportamiento similar. Los verdugos de antes son las víctimas de ahora. Los que luchaban por la democracia se han convertido en los principales detractores de ese sistema. Los que reclamaban transparencia de los recursos son los que han eliminado los órganos autónomos; los que exigían que el Ejército debería de estar en los cuarteles son los que ahora se apoyan en ese mismo Ejército para gobernar y tener controles.
Lo que antes era malo, ahora es bueno y lo que era bueno, ha pasado a ser considerado malo. Al crimen le han puesto color. Los narcotraficantes ahora son parte de esferas de poder; la corrupción tiene diferentes varas y el castigo se aplica según el que comete el delito.
Es como la antigua disciplina de la alquimia que era practicada por personas adentradas en procesos químicos para transformar la materia, con la idea de convertir metales simples en oro. Era el sueño dorado de cambiar lo corriente por lo fino, lo barato por lo caro y además, en esos experimentos intentaban también llegar a descubrir el elixir de la vida como reto contra la naturaleza de lograr la vida eterna en la tierra.
De esa alquimia física se fue pasando a una especie de alquimia emocional con el objetivo de convertir el dolor en felicidad, la depresión en autoestima. Luego a una alquimia digital de querer cambiar radicalmente nuestro rostro, perfil, vida y personalidad con filtros y aplicaciones de ser feos a bonitos, de morenos a güeros, de bajos a altos, de gordos a esbeltos y hasta de pobres a ricos.
El ultimo proceso es de la alquimia moral: los malos se creen buenos y se imponen sobre una sociedad atolondrada y dispersa. Ahora desde altas tribunas impolutas descalifican y enjuician a quienes no piensan como ellos. Usan el poder, sin recato y moderación, como nuevos verdugos similar a la orgia de sangre de la Revolución Francesa que terminó decapitando en la siniestra guillotina a los adversarios políticos.










