El fútbol tiene la extraordinaria capacidad de unir a millones de personas. También posee, cuando la pasión rebasa a la prudencia, la capacidad de convertirse en un detonador de tragedias
Sin duda alguna, el mundial de fútbol es el tema de hoy en todos lados. En las mesas de café, en los restaurantes, en la oficina, en la familia, en los círculos de amistades, en fin, en casi cualquier parte y claro, habrá desde los que los están disfrutando enormemente, hasta los que lo critican con severidad, ya sea porque no les gusta el fútbol, o porque lo consideran extremadamente comercializado, en niveles nunca antes vistos, pero, es el tema.
Tanto en Chihuahua como en Ciudad Juárez, las autoridades respectivas han dispuesto pantallas gigantes en lugares estratégicos, para que la gente disfrute gratuitamente de los partidos en los que juega la selección mexicana, y algunos otros encuentros, creo, y han sido eventos multitudinarios que han logrado reunir a miles de personas.
Hasta hoy, el saldo de estos eventos y de las celebraciones posteriores en nuestro estado y en la ciudad, ha sido positivo, es decir, sin tragedias que lamentar, lo que habla de una buena organización y logística de seguridad pública y protección civil, pero no ha sido igual en todos lados. Ojalá que nos mantengamos en ese camino.
Las fotografías y videos de miles de personas abrazándose en una avenida, cantando el himno nacional, ondeando banderas y celebrando un triunfo futbolístico, representan una de las expresiones colectivas más genuinas de alegría.
Pero basta con cambiar el ángulo de la cámara para descubrir otra realidad, ambulancias abriéndose paso entre la multitud, cuerpos tendidos sobre el pavimento, familias buscando desesperadamente a sus hijos y hospitales recibiendo víctimas de una fiesta que nunca debió terminar en tragedia.
El fútbol tiene la extraordinaria capacidad de unir a millones de personas. También posee, cuando la pasión rebasa a la prudencia, la capacidad de convertirse en un detonador de tragedias, no es un fenómeno exclusivo de México. Tampoco comenzó en este Mundial.
El fútbol suele venderse como la forma más pura de alegría colectiva, un gol, una clasificación, una copa levantada al cielo y millones de personas abrazándose con desconocidos bajo una misma bandera. Pero hay una escena que no debe caber nunca en la postal oficial, la ambulancia abriéndose paso entre la multitud, un cuerpo que ya no responde, un grupo de personas atropelladas, la madre que busca a su hijo, el festejo que termina convertido en carpeta de investigación.
Los últimos cuatro mundiales confirman una verdad incómoda, el fútbol no mata, pero la desorganización, la euforia desbordada, el alcohol, la violencia, la negligencia y la incapacidad de administrar multitudes sí pueden hacerlo. Y los resultados suelen ser fatales.
En Brasil 2014, el Mundial se celebró entre estadios llenos y protestas sociales. A mitad del torneo, en Belo Horizonte, colapsó un paso elevado construido como parte de las obras de infraestructura mundialista. Murieron dos personas y varias más resultaron heridas. No fue una celebración, pero sí fue parte del costo humano de la fiebre mundialista al realizar obras apresuradas, promesas de modernidad y una ciudad pagando con vidas la carrera por cumplirle al espectáculo.
Ese mismo 2014, tras el triunfo de Alemania en la final, la fiesta también dejó muertos. En Alemania se reportaron tres personas fallecidas durante las celebraciones, entre ellas, un joven apuñalado en Bremen durante una riña en una transmisión pública y otros casos asociados a accidentes en la noche del festejo.
Rusia 2018 volvió a mostrar la misma advertencia. Francia ganó el Mundial y millones salieron a las calles. La celebración nacional terminó manchada por dos muertes: un hombre murió al lanzarse a un canal poco profundo en Annecy y otro falleció al estrellar su automóvil contra un árbol mientras celebraba. También hubo disturbios y choques con la policía en distintas ciudades francesas.
Qatar 2022 dejó una doble tragedia. Primero, la estructural: el debate internacional por las muertes de trabajadores migrantes durante los años de preparación del torneo. Aunque la cifra directamente atribuible a obras mundialistas ha sido discutida, el tema marcó para siempre a ese campeonato. Después vino la tragedia de las calles, en Argentina, la celebración por el título dejó al menos un muerto, un niño gravemente herido y decenas de lesionados durante los festejos masivos en Buenos Aires.
Ese mismo Mundial dejó otro caso brutal en Francia. Tras la semifinal entre Francia y Marruecos, un adolescente murió atropellado en Montpellier durante disturbios posteriores al partido. La celebración, otra vez, se volvió duelo.
Y ahora México. El Mundial 2026 nos puso frente al espejo, después del triunfo de México sobre Ecuador, que significó el pase a octavos de final, la Ciudad de México vivió una celebración multitudinaria en Paseo de la Reforma y el Ángel de la Independencia. La fiesta terminó con cuatro personas muertas: tres por asfixia y una más por paro cardiorrespiratorio tras complicaciones médicas, de acuerdo con reportes de AP y Reuters. El dato no puede normalizarse, no debe normalizarse, cuatro personas murieron celebrando un partido.
Después de la tragedia, las autoridades capitalinas anunciaron controles de aforo, más policías, restricciones a la venta de alcohol, filtros de acceso y más pantallas para dispersar multitudes rumbo al partido México-Inglaterra. El Ángel tendrá límite de 25,000 personas y se desplegarán más de 16,000 elementos, según AP; El País reportó además la instalación de 60 pantallas gigantes y ampliación de ley seca en zonas de alta concentración.
Afortunadamente, como lo señalé líneas arriba, en Chihuahua y en esta frontera, las autoridades encargadas de la seguridad y la Protección Civil, han tenido el cuidado suficiente para prevenir que hechos lamentables ocurran y, junto con el reconocimiento a esa labor, el llamado sería a que no bajen la guardia y redoblen esfuerzos.
La pregunta de fondo no es si México debe celebrar. Claro que debe hacerlo. El fútbol también es identidad, alegría, desahogo y comunidad. La pregunta es por qué seguimos celebrando como si una multitud no fuera un organismo vivo, impredecible y peligroso cuando se le abandona al exceso.
Vienen los cuestionamientos que incomodan ¿Por qué seguimos celebrando como si el espacio público no tuviera límites? ¿Por qué normalizamos subirnos a vehículos en movimiento, lanzar pirotecnia entre miles de personas, consumir alcohol sin control y convertir glorietas, monumentos y avenidas en escenarios sin ninguna capacidad real de protección civil? ¿Por qué nos divierte lanzar personas al aire? No todo puede reducirse a culpar exclusivamente a las autoridades, esas son conductas sociales que ejecutadas en masa, hacen que todo se salga de control.
Un millón de personas no son “ambiente”, son una emergencia potencial. Una avenida saturada no es “fiesta popular”, es un riesgo real de aplastamiento. La pirotecnia entre cuerpos apretados no es color, es detonante de pánico; el alcohol sin control no es convivencia, es gasolina pura, y la ausencia de protocolos no es espontaneidad, es negligencia.
El fútbol que tanto celebran y disfrutan tiene reglas, la celebración también debería tenerlas, porque cuando una victoria termina con muertos, el marcador deja de importar. No ganó la selección, no ganó la ciudad, no ganó el país. Perdimos todos.
Y en esa pasión sana que despierta el fútbol, hoy nuestra selección se enfrenta a la de Inglaterra, con muy buenas posibilidades de obtener un resultado que le permita pasar a la siguiente ronda, que serían los cuartos de final, lo que, por supuesto detonaría con mayor fuerza el júbilo de los mexicanos y, por tanto, las celebraciones. Los chihuahuenses y los juarenses deseamos que gane México, y habrá fiesta en las calles por eso, pero que ya no haya más celebraciones con muertos, por favor.
La lección de los últimos cuatro mundiales es clara: la pasión futbolera necesita límites, autoridad, cultura cívica y prevención, no para apagar la alegría, sino para impedir que la alegría vuelva a matar. Es un llamado a nuestras autoridades en Chihuahua y en Juárez, pero también a los aficionados, que no nos pase nada de esto. Ningún gol vale una estampida. Ninguna clasificación vale una asfixia. Ningún trofeo vale un funeral.











