La soledad no siempre se ve como una habitación vacía. A veces es una habitación rebosante en la que nadie parece hablar tu idioma. El psicólogo Carl Jung se dio cuenta, y su reflexión al respecto es reveladora.
Carl Gustav Jung no solo fue un genio de la psicología que reinventó la forma en la que entendemos el subconsciente; también fue un hombre que conoció de cerca la soledad. Fue hijo único hasta los 9 años, un niño sensible y con un gran mundo interior, que jugaba principalmente a solas, absorbido por su imaginación.
En sus textos, nos recuerda que no soportaba que lo observaran en ese momento de profunda soledad, que en su juventud se tornó oscura por los secretos que sentía que debía guardar, y en la adultez se convirtió casi en una herida constante.
Jung conocía la soledad, y sabía que no tenía que ver con la presencia de otros en una habitación. Uno puede rodearse de gente, hacer lo posible por tender puentes. Pero la soledad puede seguir ahí, aferrada. Porque, explica el psicólogo en Recuerdos, sueños, reflexiones, “la soledad no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaz de comunicar las cosas que a uno le parecen importantes, o de mantener ciertos puntos de vista que otros consideran inadmisibles”.
Las formas de la soledad
En el siglo XXI hablamos mucho de la soledad no deseada. La OMS la considera un peligro público, un tema a tratar y solucionar. Esta soledad, sin embargo, es aquella que surge por la desconexión y la desaparición de los espacios públicos.
Es una soledad física, que afecta especialmente a los más jóvenes y a los adultos mayores, que carecen de espacios para relacionarse. Los unos se ven resignados a la comunicación digital, que no suple la necesidad de compañía, y los otros a un aislamiento que a veces está muy relacionado con la incapacidad de asumir el reto digital.
Pero la soledad de la que nos habla Jung es diferente. Es la pesada losa sobre la espalda de quien sabe que cuanto quiere comunicar es, para el resto de las personas, incomprensible o insignificante. Es la soledad del aislamiento comunicativo. Es la soledad que sentiría un marciano en una Tierra en la que nadie tiene la capacidad ni el conocimiento necesario para entender su idioma. Y les sucede a más personas de las que imaginamos.
Aislado por la razón
“El conocimiento de los procesos subyacentes moldeó desde temprana edad mi relación con el mundo”, escribe Jung en sus memorias. “Básicamente, esa relación fue la misma en mi infancia que lo es hoy. De niño me sentía solo, y aún lo estoy, porque sé cosas y debo insinuar otras que, aparentemente, los demás desconocen y, en general, prefieren no saber”.
Jung refleja en estas palabras aparentemente sencillas una verdad de mucho peso. Cuando lo que queremos decir no quiere ser escuchado, la soledad que se produce es dolorosa. Cuando, por las circunstancias que sean, lo que necesitamos decir no parece importarle a nadie, o, aún más, no parece que nadie más pueda entenderlo, la soledad adopta un nuevo calado.
“La soledad comenzó con las experiencias de mis primeros sueños y alcanzó su punto álgido cuando trabajaba con el inconsciente”, continúa Jung. “Si un hombre sabe más que los demás, se siente solo”.
Razones para vivir aislado
Lo que Jung describe es un tipo de soledad muy específica, que sabemos, gracias a la psicología, que es común en diferentes perfiles. Personas que, por alguna u otra razón, parecen hablar un “idioma diferente” al resto, bien sea porque, como dice Jung, poseen una inteligencia superior, o por otras particularidades de su carácter.
Altas capacidades
El primero es el de las personas con altas capacidades. Estas personas poseen un tipo de pensamiento diferente, un pensamiento arborescente. Es decir, su capacidad de establecer conexiones entre ideas divergentes es superior a la media.
Esto acelera el proceso de aprendizaje, que depende principalmente de estas conexiones entre ideas. Pero también aumenta la capacidad perceptiva. Lo que a una persona puede parecer algo insignificante y carente de interés, para una persona con altas capacidades puede ser un universo único de conexiones que nadie más parece ver.










