“La inteligencia artificial es poderosa,
pero no piensa, no
comprende ni razona”:
LUCIANO FLORIDI
Hay dos elementos de análisis sobre la inteligencia artificial desde el punto de vista del filósofo de la tecnología Langdon Winner, quien acuñó el término de “sonambulismo tecnológico” para describir la inacción y falta de reflexión crítica sobre la tecnología. Para el filósofo norteamericano “habría, principalmente, dos motivos que explicarían este fenómeno tan llamativo: primero, la asociación, casi de equivalencia, entre la tecnología y el progreso, y segundo, la creencia en la neutralidad de la tecnología”[1].
Y señala que precisamente la vinculación entre tecnología y progreso ha sido en parte responsable de que creamos, sin reflexionar y casi por defecto, que los beneficios de la tecnología y en especial la inteligencia artificial sobrepasarán sus posibles daños, lo que se conoce como “tecnooptimismo”.
Hemos sostenido que la tecnología no es buena ni mala, sino que depende del uso que le demos. Sin embargo, Lucia Ortiz sostiene que esta afirmación es totalmente falsa si hablamos de tecnologías contemporáneas como la inteligencia artificial, siendo contundente de que la IA, lejos de ser neutral, es un artefacto profundamente político y se agrava por el sonambulismo con el que ignoramos o nos resistimos a una actitud crítica.
Sonámbulos e ignorantes que nos perdemos en el mundo de la desinformación, pensando erróneamente de que estamos muy informados por efectos de la propaganda que generan los gobiernos.
Dejamos pasar todo, delante de nuestra nariz. Ni lo olemos o no queremos olfatearlo para no complicarlos la vida. En un ambiente nebuloso, ignoramos, desconocemos o nos hacemos los ausentes. Pasa la vida con cambios radicales e irruptivos de tecnologías, nos entretienen con discursos distractores de lo que realmente pasa en el país, cerramos los ojos ante narcopolíticos y cuando sea demasiado tarde no tendremos la capacidad o posibilidad de hacer algo, dejando que nuestros hijos asuman las consecuencias. Es la nebulosa mental: no veas, no pienses, no actúes.
Primero fue el Papa Francisco, en junio del 2024, quien señaló que la inteligencia artificial es “ante todo un instrumento” para precisar y evitar confusiones. Los instrumentos remiten a la inteligencia humana que los ha producido y obtienen gran parte de su fuerza ética de las intenciones de las personas que los utilizan. Decía que nuestras sociedades están viviendo hoy una cierta «pérdida o al menos, un oscurecimiento del sentido de lo humano», lo que a su vez nos desafía a todos a reflexionar más profundamente sobre la verdadera naturaleza y singularidad de nuestra dignidad humana común
Dos años después el actual Papa León XIV afirmaba que la inteligencia artificial puede explicar la fe, peor no puede transmitir la gracia, afirmando que la “inteligencia artificial es un instrumento poderoso que debe permanecer al servicio de la persona humana, respetando su dignidad y sin sustituir su responsabilidad moral.”
Asimismo que “la técnica no puede convertirse en criterio último de verdad ni de bien, porque la inteligencia artificial debe estar al servicio del hombre, no al revés”, completando su postura de que “ningún algoritmo puede reemplazar la conciencia humana ni la apertura del hombre a Dios.”
Aunque el debate sobre la inteligencia artificial apenas empieza, porque no puede sustituir el juicio humano ni tampoco la responsabilidad moral. Apostar todo a la inteligencia artificial o confundirla con el progreso no puede conducir a terrenos verdaderamente delicados donde se pierdan los valores humanos ante la efectividad de una máquina-robot.
Han existido diferentes tecnologías o herramientas a lo largo de la historia humana, que han influido en el desarrollo como la imprenta que dio un giro al detonar la cultura de la lectura y escritura. Antes de la imprenta era una porción muy reducida de la humanidad que sabia leer y escribir. La imprenta popularizó y empujó a la alfabetización.
Y luego los medios electrónicos como la radio y televisión, aportaron otros estímulo y forma de conocer la realidad con el apoyo de los sentidos y en el siglo XX internet creó una nueva forma de comunicación, archivo y procesamiento de datos que se incorporaron a la tecnología moderna. Todos esas nuevas herramientas son prótesis extensiones de las capacidades y facultades humanas, pero no son lo suplen.
Pensar que son reemplazos o sustitutos es menospreciar y socavar la inteligencia humana.
La historia “muestra que ninguna tecnología es neutral. La imprenta no solo difundió la Biblia, también favoreció la ruptura de la unidad cristiana. La radio y la televisión no solo transmitieron el Evangelio, también propagaron ideologías. La inteligencia artificial seguirá esa misma lógica: su orientación dependerá de la visión del ser humano que la configure.
Es en este punto donde emerge el aspecto más delicado: la posible aparición de una pseudo-religión de carácter tecnológico. No porque la IA “cree” religión en sentido estricto, sino porque puede convertirse en el soporte simbólico de nuevas formas de espiritualidad. El riesgo no está en la tecnología en sí, sino en la proyección que el ser humano hace sobre ella”.
Por eso, varios filósofos y pensadores sostienen que la cuestión de fondo no es tecnológica, sino antropológica y, en última instancia, teológica: ¿será la inteligencia artificial un instrumento al servicio de una visión cristiana del ser humano o se integrará en una narrativa que diluya la trascendencia?
[1] ORTIZ DE ZARATE Alcarazo, Lucia (2026) Ética en la inteligencia artificial, revista Filosofía&Co, Colección La Caverna, España










