Los comportamientos habituales de estas personas son preferir el silencio o la neutralidad para minimizar problemas o desacuerdos, con frases como ‘No importa’ o ‘No es tan grave’.
Los conflictos y malentendidos forman parte inevitable del día a día: en el trabajo, en casa, con la pareja, con amigos o incluso con desconocidos. Aunque muchas veces son incómodos, también son necesarios y clave para construir relaciones sanas. Sin embargo, no todos lo viven de esa manera. Hay quienes prefieren mantenerse en silencio antes que discutir y tratan de evitar cualquier tipo de enfrentamiento por miedo al rechazo y reacción del otro. Esta tendencia, que a simple vista puede parecer una forma de evitar problemas, puede esconder ciertas inseguridades, miedo al abandono o una necesidad de agradar, explican los expertos.
Esta respuesta de mantenerse en silencio puede estar relacionada con distintos campos. En primer lugar, con la infancia: “En familias donde no se permite cuestionar o expresar desacuerdo, figuras de autoridad que descalificaban e invalidaban, y se asociaba la sumisión como respuesta de aprobación y afecto”, explica la psicóloga y divulgadora Andrea Mora -@andreamorapsicologia-. También con la inseguridad emocional: “Al sentirse vulnerable o no lo suficientemente fuerte como para sostener una postura o haber interiorizado la idea de que las diferencias de opinión llevan inevitablemente a conflictos insuperables”, dice Mora. Y con las dinámicas relacionales: “Que son aprendidas en relaciones pasadas marcadas por confrontaciones desmedidas o violencia verbal o emocional”, añade.
Los comportamientos habituales de estas personas son preferir el silencio o la neutralidad para minimizar problemas o desacuerdos con frases como ‘No importa’ o ‘No es tan grave’ o también cambiar su postura para alinearse con los demás. Además, comparten ciertas características en común: “Alta sensibilidad hacia los sentimientos de los demás, tendencia a la pasividad o sumisión, dificultad para establecer límites claros, evitación de temas controversiales, necesidad constante de aprobación externa”, cuenta Mora. También suelen ser personas con rasgos de ansiedad -especialmente en contextos sociales o de toma de decisiones-, con baja asertividad -incapacidad de expresar necesidades o deseos claros-, con un alto nivel de autoexigencia y en constante conflicto interno, con resentimiento o frustración por no haber defendido sus propios intereses.











