En el programa Pido la Palabra de canal 44 del pasado domingo 21 de diciembre, abordamos el tema del innegable avance de la derecha en América Latina
Regularmente en este espacio nos ocupamos de temas concernientes a nuestra entidad o a nuestra ciudad, porque de eso se trata este espacio de opinión, o al menos considero personalmente que es mejor ocuparnos de nuestros asuntos locales en temas de reflexión, aunque ocasionalmente abordamos temas nacionales que, por su relevancia o naturaleza propia, terminan impactando en Chihuahua y/o Juárez, y es por esa misma razón que hoy abordaremos un tema internacional que, sin duda alguna, repercutirá en la política chihuahuense.
En el programa Pido la Palabra de canal 44 del pasado domingo 21 de diciembre, abordamos el tema del innegable avance de la derecha en América Latina, a propósito del reciente triunfo de Jaime Cast en Chile, y de cómo se ha reconfigurado el escenario geopolítico de la región, tocando por supuesto la parte que nos corresponde como entidad federativa de un país gobernado por la izquierda. A quien desee ver el programa completo este es el vínculo del mismo: https://tinyurl.com/24n2otnq.
Posterior a ese programa, y luego de más de un mes de indefiniciones y dudas por reconteos ante una votación muy cerrada en Honduras a finales de noviembre, se ratificó el triunfo del conservador Nasry «Tito» Asfura fue declarado presidente electo de Honduras con el 40,26 por ciento de los votos, según el Consejo Nacional Electoral (CNE), lo que vino a reconfirmar la tendencia señalada en la temática del programa en mención.
En las últimas semanas de diciembre llamó la atención que países como Brasil, Colombia, Nicaragua, China y Rusia, retiraron el abierto apoyo que le daban a Venezuela en su conflicto con Estados Unidos, ante las claras advertencias de este último al régimen encabezado por Maduro para dejar la presidencia de ese país y evitar así una confrontación directa.
Finalmente, la madrugada de ayer, sábado 3 de enero, en un operativo militar del gobierno norteamericano fue ubicado, detenido y extraído de Venezuela Nicolás Maduro, quien fungía como presidente, aunque severamente cuestionado en su legitimidad desde las elecciones del año pasado. Pero, hagamos un poco de contexto para entender mejor lo ocurrido.
Venezuela no amaneció de pronto un día bajo una dictadura, no. Llegó ahí paso a paso, elección tras elección, crisis tras crisis, bajo la promesa de redención social y el lenguaje seductor del cambio. La historia que conecta a Hugo Chávez con Nicolás Maduro no es una anomalía latinoamericana: es una advertencia. Para entender el presente venezolano -marcado por represión, presos políticos y elecciones cuestionadas- es imprescindible recorrer el camino completo, desde el colapso del viejo sistema político hasta la consolidación de un poder sin contrapesos.
Durante buena parte del siglo XX, Venezuela fue presentada como una excepción democrática en América Latina. Sin embargo, ese modelo -sustentado en el Pacto de Punto Fijo y el bipartidismo entre Acción Democrática y COPEI- comenzó a desmoronarse en los años ochenta. La corrupción, el endeudamiento, la desigualdad y el divorcio entre élites y ciudadanía minaron su legitimidad.
El punto de quiebre fue el Caracazo, en febrero de 1989. Las protestas contra un paquete económico fueron reprimidas por el Estado con una violencia que dejó cientos, posiblemente miles, de muertos. No solo se rompió el contrato social: se rompió el mito. El Estado democrático quedó asociado, para muchos, con represión y exclusión. De esa fractura emergería una nueva narrativa política.
Así fue como Venezuela pasó del desencanto democrático al poder perpetuo. De la rebelión al autoritarismo. Es precisamente en ese clima de hartazgo cuando surge Hugo Chávez, un teniente coronel del Ejército que encabezó un golpe de Estado fallido el 4 de febrero de 1992. Militarmente derrotado, Chávez ganó algo más poderoso: visibilidad y símbolo. Su breve mensaje televisado, asumiendo la responsabilidad “por ahora”, lo convirtió en el rostro del descontento popular.
El golpe fracasó, pero el sistema político quedó herido de muerte. La cárcel no apagó a Chávez; lo incubó. En 1994, el presidente Rafael Caldera lo amnistió, abriendo la puerta a su tránsito del fusil a la boleta electoral.
Chávez entendió mejor que nadie el momento histórico. Abandonó la vía armada y construyó un movimiento político con un discurso antisistema, antiélite y refundacional. Prometió barrer con la corrupción, devolverle el poder al pueblo y convocar una nueva Constitución. El 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez ganó la presidencia con más del 56 por ciento de los votos. La elección fue legítima, reconocida y democrática. Aquí reside una verdad incómoda: el chavismo llegó al poder por la vía electoral, impulsado por una ciudadanía cansada de los partidos tradicionales. La democracia no fue derrocada; fue utilizada.
Ya en el poder, Chávez convocó una Asamblea Constituyente que dio origen a la Constitución de 1999. Bajo la narrativa de la “refundación”, el nuevo marco legal amplió el poder presidencial, debilitó los contrapesos y politizó las instituciones.
Con el auge petrolero de los años 2000, Chávez consolidó una base social amplia mediante programas sociales, control del discurso público y una creciente subordinación de las Fuerzas Armadas al proyecto político. Las elecciones continuaron, pero el terreno dejó de ser equitativo. El árbitro, poco a poco, comenzó a jugar para un solo lado. Al morir Chávez en marzo de 2013, Venezuela ya no era una democracia liberal plena, pero aún conservaba ciertos márgenes de competencia.
Nicolás Maduro, designado sucesor por Chávez, casi como en una monarquía, ganó la elección de abril de 2013 por un margen mínimo. Desde ese inicio frágil, su gobierno se caracterizó por algo distinto al chavismo original: no tenía carisma, ni petróleo, ni consenso. Solo tenía el control del aparato estatal, suficiente para imponer arbitrariamente decisiones.
Frente a la crisis económica, la inflación desbordada y el colapso de servicios, Maduro optó por la supervivencia política. El Tribunal Supremo, el Consejo Nacional Electoral y las fuerzas de seguridad se convirtieron en extensiones del Ejecutivo. La represión sustituyó al respaldo popular.
La reelección de Maduro en 2018 marcó un punto de no retorno. Sin competencia real, con candidatos inhabilitados y sin observación creíble, el proceso fue desconocido por amplios sectores de la comunidad internacional. Desde entonces, el patrón se ha repetido: apresamiento de opositores, criminalización de la protesta, represión brutal a manifestaciones opositoras, exilio forzado de líderes políticos, uso del miedo como herramienta electoral.
Las elecciones de 2024 profundizaron esta deriva. Con denuncias de manipulación de actas, opacidad absoluta del árbitro electoral y represión posterior, el proceso fue calificado por organismos internacionales como carente de legitimidad democrática. Ya no se trató de ventajismo: se trató de control total del resultado.
En abril de 2025, Human Right Watch emitió un comunicado oficial denominado: “Venezuela: Represión brutal desde las elecciones” en el que señala, entre otras graves violaciones, asesinatos, desapariciones forzadas y detenciones arbitrarias (https://tinyurl.com/2xob37pp).
Y es aquí cuando las consecuencias de todos estos hechos nos tocan a nosotros los chihuahuenses. Todavía hasta hace varias semanas, la preferencia electoral para 2027 en cuanto a la gubernatura era favorable a Morena, por más de 15 puntos porcentuales, pero la más reciente medición señala que esa amplia diferencia se ha reducido considerablemente, para el cierre de noviembre del año pasado Morena tuvo el 33 por ciento de la preferencia electoral, mientras que el PAN concentró el 29 por ciento, y el PRI el 12 por ciento, es decir, apenas un 4 por ciento de diferencia, aunque considerando al PRI ya se habría revertido en favor de esa alianza la preferencia electoral.
Los hechos ocurridos en nuestro país (casos notables de corrupción, impunidad, graves accidentes ferroviarios, falta de medicamentos, inseguridad rampante, etcétera), más el avance electoral de la derecha en América del Sur, y lo ocurrido en Venezuela la madrugada de ayer, claramente están incidiendo en la preferencia electoral de los chihuahuenses, y el resultado desde luego no es favorable a la izquierda.
La lección venezolana es incómoda pero necesaria: la democracia no muere solo con golpes militares; también puede morir entre aplausos, elecciones y discursos de redención, y el mensaje parece estar permeando cada vez con mayor fuerza en nuestro país y en Chihuahua también. Al tiempo











