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Seguridad Pública en Juárez: entre la acción gubernamental y la participación ciudadana Por. Francisco Ortiz Bello / Analista

LaVozDelDesierto by LaVozDelDesierto
22 de septiembre de 2025
in NOTICIA, OPINIÓN
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Hablar de seguridad pública en Ciudad Juárez es hablar de una herida abierta en la historia reciente de México

Hablar de seguridad pública en Ciudad Juárez es hablar de una herida abierta en la historia reciente de México. La ciudad fronteriza ha sido, en distintos momentos, símbolo de los excesos de la violencia criminal, de la fragilidad institucional, pero también de la capacidad de resiliencia y organización de su gente. Desde la crisis de 2008-2010, que colocó a Juárez entre las ciudades más violentas del mundo, hasta las recientes olas de extorsión y secuestros, la seguridad ha estado en el centro de la vida política, social y económica de la frontera.

El concepto de seguridad pública, definido como una función esencial y exclusiva del Estado para garantizar la vida, integridad y bienes de las personas, adquiere en Juárez matices particulares. La ciudad, con su condición fronteriza y su importancia industrial, se encuentra atrapada entre dinámicas globales (tráfico de drogas, migración, políticas económicas de EE.UU.), decisiones de política nacional y la capacidad limitada de sus instituciones locales.

En este escenario, la participación ciudadana se revela no como un lujo, sino como un requisito indispensable. Experiencias como el programa “Todos Somos Juárez” en 2010, derivado de la masacre de Villas de Salvárcar, mostraron que la coordinación entre sociedad civil y gobiernos puede producir resultados concretos. Hoy, la pregunta es si hemos aprendido lo suficiente para consolidar un modelo sostenible de gobernanza de la seguridad pública, donde los tres niveles de gobierno respondan de manera coordinada, unificada y “despartidizada” -si se me permite el término- para que los ciudadanos asuman un rol activo y vigilante.

La inseguridad en Juárez suele magnificarse por la percepción social y el impacto de las redes sociales. Casos recientes de secuestros y extorsiones generaron una ola de temor que, si bien tenía sustento en algunos hechos reales, fue amplificada por rumores y desinformación difundida en internet. La llamada “maledicencia”, entendida como difamación o rumor, se convierte en un enemigo directo de la seguridad pública, pues alimenta infundadamente la desconfianza hacia las autoridades y provoca respuestas emocionales más que racionales.

La diferencia entre percepción y realidad es clave. Datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) muestran reducciones en delitos como robo de automóviles y robo a casa habitación, aunque persisten incrementos en delitos sexuales y violencia intrafamiliar. Sin embargo, lo que impacta al ciudadano común es la sensación de riesgo, la narrativa de violencia constante, muchas veces reforzada por experiencias cercanas o la información viralizada en redes sociales.

La desinformación no solo afecta la percepción, también condiciona la acción gubernamental. En un entorno de alarma social, la presión hacia las instituciones aumenta y muchas veces se traduce en respuestas reactivas, más centradas en dar señales de control que en atacar las causas estructurales del problema.

En materia de seguridad pública, la coordinación entre los tres niveles de gobierno —federal, estatal y municipal— es una necesidad incuestionable. Ninguna institución por sí sola puede enfrentar el poder económico y logístico del crimen organizado. Sin embargo, la práctica muestra tensiones constantes entre competencias, responsabilidades y recursos.

La Secretaría de Seguridad Pública Municipal (SSPM) administra más de 3 mil cámaras de vigilancia y mantiene programas de proximidad social. No obstante, los recursos siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del reto. El municipio depende en gran medida de la recaudación propia, principalmente del impuesto predial, con lo cual Juárez se ubica en quinto lugar nacional. Sin embargo, este ingreso no cubre el rezago histórico en infraestructura y equipamiento.

El reto común a los tres niveles es la coordinación real y sostenida. Si bien se han creado mesas de seguridad interinstitucionales, la falta de confianza entre ciudadanos y autoridades limita su efectividad.

La participación ciudadana en seguridad no se limita a la denuncia. Implica incidir en la definición de políticas, supervisar resultados y generar un contrapeso frente al poder estatal. En Juárez existen experiencias paradigmáticas:

Todos Somos Juárez (2010): con 160 compromisos distribuidos en áreas como seguridad, salud, educación y cultura, el programa instauró 15 mesas de trabajo con participación de funcionarios y ciudadanos. La Mesa de Seguridad y Justicia, nacida de este proceso, se consolidó como espacio de coordinación permanente y hoy sigue activa. Este modelo demostró que la corresponsabilidad entre gobierno y sociedad puede reducir la violencia y atender causas estructurales.

Mesas de Seguridad actuales: la continuidad de estos espacios ciudadanos es fundamental, aunque su legitimidad depende de la transparencia y voluntad política de las autoridades. Cuando funcionarios declinan participar en estos ejercicios de diálogo, como ha ocurrido en fechas recientes, no solo se debilita la coordinación, también se erosiona la confianza social.

Iniciativas comunitarias: asociaciones como Líderes por Juárez han convocado directamente a autoridades de los tres niveles para aclarar rumores y exigir información real sobre secuestros y extorsiones. Estas iniciativas son un recordatorio de que la sociedad no puede permanecer pasiva frente a la inseguridad.

La seguridad pública se convierte así en una expresión práctica del derecho a la ciudad. Más allá de aspiraciones urbanísticas, este derecho significa apropiarse de los espacios públicos con libertad, disfrutar de la convivencia familiar y comunitaria sin miedo. Cada vez que un desfile navideño congrega a medio millón de juarenses sin incidentes, se reafirma ese derecho y se fortalece la cohesión social.

En la era digital, la seguridad no solo se juega en las calles, también en las redes sociales. La infodemia de rumores, noticias falsas y opiniones sin sustento alimenta el miedo colectivo y dificulta la acción gubernamental. En Juárez, donde la memoria de la violencia sigue fresca, cada publicación alarmista puede desencadenar pánico.

Es responsabilidad compartida —de autoridades, medios de comunicación y ciudadanía— aprender a leer críticamente la información y distinguir entre hechos verificados y rumores. La transparencia gubernamental es esencial: cuando los ciudadanos perciben que se les oculta información, llenan los vacíos con especulaciones. De ahí que la rendición de cuentas y la comunicación constante sean herramientas de prevención tanto como las patrullas o las cámaras de vigilancia.

Juárez enfrenta hoy una serie de desafíos estructurales en materia de seguridad pública:

1. Criminalidad persistente: aunque los índices delictivos muestran reducciones en algunos rubros, delitos como homicidios vinculados al narcomenudeo, violencia intrafamiliar y delitos sexuales siguen en aumento.

2. Desconfianza ciudadana: la percepción de inseguridad, alimentada por la desinformación y por experiencias cotidianas de violencia, mantiene un clima de desconfianza hacia las instituciones.

3. Rezago institucional: el presupuesto municipal, aunque creciente por la recaudación predial, sigue siendo insuficiente para las necesidades de una ciudad con fuerte crecimiento poblacional.

4. Necesidad de innovación: las políticas de seguridad deben trascender la lógica reactiva. Se requiere fortalecer la prevención social, la educación, el empleo y el tejido comunitario, atacando las causas profundas de la violencia.

La experiencia de Ciudad Juárez enseña que la seguridad pública no puede entenderse como un monopolio del Estado ni como una responsabilidad exclusiva de la ciudadanía. Es, en esencia, un proceso de corresponsabilidad que exige coordinación entre los tres niveles de gobierno y una participación ciudadana organizada, vigilante y propositiva.

La coordinación intergubernamental debe ser permanente, transparente y eficaz. Los operativos conjuntos entre Guardia Nacional, Fiscalía estatal y Policía Municipal han mostrado resultados positivos cuando se sostienen en el tiempo, pero requieren mayor rendición de cuentas y comunicación clara con la sociedad.

Finalmente, la seguridad pública en Juárez no se logrará únicamente con más patrullas o más cámaras. Se requiere reconstruir el tejido social, fomentar la confianza entre ciudadanos y autoridades, y garantizar que el derecho a la ciudad —a vivir, convivir y disfrutar del espacio público sin miedo— sea una realidad cotidiana para todos los juarenses.

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