Confundir pensar con ser nos
ha dejado huérfanos de
cielo y esclavos de las ideologías:
MIRIAM ESTEBAN
Hay un nuevo delirio por todo el mundo que pretende reducir al hombre a un simple robot, a depender de manera aleatoria de algoritmos que regulen nuestra mente y ahora el alma. Si antes era el ideal de trascender más allá de lo físico, con prolongación espiritual, visualizar qué puede haber más allá del mundo físico y de la muerte, ahora es el llamado transhumanismo para proyectarnos en máquinas y robots, en incorporar chips a nuestras vidas y emociones. A creer que es la modernidad y que el dualismo humano -mente y cuerpo- ha pasado de moda y vigencia.
El transhumanismo es un movimiento que propone la mejora de los seres humanos mediante la manipulación biológica y cibernética[1]. Como movimiento cultural e intelectual aboga por la utilización de la ciencia y la tecnología para mejorar radicalmente la condición humana, superando las limitaciones biológicas y éticas inherentes a la naturaleza, lo que genera polémica de máquinas y robots ni contemplan la ética ni la biología.
Para Miriam Esteban, el transhumanismo supera las limitaciones biológicas del ser humano, desde el sufrimiento hasta la mortalidad misma por lo cual, considera que es una falsa propuesta para “mejorar” la humanidad porque implica manipulación genética e implantación de chips. Pero lo más grave, sostiene que estamos subordinando la naturaleza humana a la tecnología eliminando aspectos esenciales de nuestra existencia como el sufrimiento, la enfermedad o la muerte.
Y hablando de chips, ha tomado celebridad la abogada y cantante argentina Rocío Buffolo quien se implantó un chip en su cuerpo y ahora se “auto percibe como robot”. Se cambió de nombre por el de “Rouse, la chica robot” y dice que combina inteligencia artificial con inteligencia emocional para enfrentar los desafíos profesionales y sociales[2].
Su transformación hacia “chica robot” comenzó al implantarse un chip en su cuerpo y componer su primera canción “Hey amor”, que marcó un antes y un después en su percepción del mundo. Para Rocío, la robótica “es una manera de protegerse emocionalmente en una sociedad que, según ella, ha creado vínculos frágiles y descartables”.
En cuanto a su vida profesional, utiliza la inteligencia artificial en su labor como abogada para buscar jurisprudencia, verificar textos y analizar pruebas, mientras que en la música la emplea para crear melodías y componer. A pesar de los beneficios que aporta la IA, reconoce los desafíos legales en cuanto a la propiedad intelectual y derechos de autor.
Rocío, quien insiste en autonombrarse robot humanoide dice que «hoy vivimos en una sociedad donde los vínculos son frágiles, conocemos a alguien que te gusta, quieres comprometerte y la otra persona sale corriendo, te ghostea y desaparece».
«Ghostear» se refiere a terminar abruptamente toda comunicación con alguien sin dar explicaciones, desapareciendo como un fantasma de su vida. El término deriva de la palabra inglesa «ghost» (fantasma) y describe una práctica que se ha vuelto común en las relaciones modernas, especialmente en el contexto digital. Quien es «ghosteado» sufre confusión, rechazo, ansiedad y una disminución en la autoestima, ya que no tiene un cierre adecuado a la interacción. O sea, se le ignora, no es visible como un fantasma.
“Me di cuenta de que eso no solamente me pasaba a mí, dice la chica robot, sino que les pasaba a mis amigas, a familiares, a amigos también. Es como que en la sociedad se implantó una manera de vincularse de forma descartable, hay un fast food del amor. Hoy la discusión es si la inteligencia artificial tiene que estar, si nos va a reemplazar a nosotros como personas o no, y en realidad es la combinación entre que lo humano no desaparezca y que la inteligencia artificial mejore nuestra calidad de vida».
Y la lógica de la “chica robot” sostiene que puede “enviar a spam” a las personas que le podrían causar daño emocional, lo que refleja una deshumanización en las relaciones interpersonales donde el afecto, cariño o intimidad serian reducidos a códigos.
Otra postura[3] dice que el transhumanismo plantea la posibilidad de modificar radicalmente el cuerpo y la mente humana a través de la inteligencia artificial, la nanotecnología (la nanotecnología es un campo de la ciencia y la tecnología que se enfoca en la manipulación de la materia a una escala muy pequeña) o la edición genética. El riesgo de una nueva religión tecnológica está presente en la creencia de que la ciencia puede ofrecer respuestas definitivas a los grandes interrogantes humanos.
Las personas somos únicas e irrepetibles, no las podemos concebir como una producción en serie tecnológica. Perder ese punto de vista es despersonalizar y deshumanizar. Cada persona ciertamente, que tiene funciones de los órganos similares pero la mente y el interior son totalmente diferentes.
Basta recordar que las huellas dactilares en nuestras yemas de los dedos son diferentes en cada uno de los seres vivientes y sirven para una identificación certera. Algo similar es la lengua que es única en cada persona debido a su forma, textura y los patrones únicos de sus papilas gustativas.
Lo dijo Miriam Esteban que el transhumanismo es solo el último capítulo de un delirio que pretende reducir al hombre a un algoritmo mejorado, confundir la inteligencia de la persona con la matemática, el alma con un software.
A ese mal le llama antropoclastia que es derribar lo propiamente humano de la persona y no solo en la política o en la tecnología, sino también en el arte, la filosofía y la cultura de masas.
Estamos viviendo un proceso de antropoclastia, que es un derribo de lo humano desde muchos frentes (política, arte, filosofía, ideología, tecnología…) una negación y un menosprecio de la naturaleza humana entendida como un ser viviente, como una realidad que es algo más que biología y que es la fuente de nuestra dignidad.
Uno de los agentes de la antropoclastia es el tabú contra el concepto de normalidad; este tabú es consecuencia del menosprecio y de la negación del concepto de naturaleza humana universal. Esta es la que nos permite distinguir el comportamiento sano del enfermo, el que merece ser potenciado del que no, el que nos humaniza del que nos deshumaniza, en fin, lo normal de lo anormal. Pero, si no hay naturaleza humana universal, entonces, ¿cuál es el comportamiento humano adecuado?[4].
Por esa razón ya vemos corrientes y posturas ideológicas que las cosas anormales pretenden que las aceptemos como normales y por supuesto, las acciones que hemos considerado normales, nos las juzgan y condenan como anormales.
En el desafío del transhumanismo[5] el autor afirma que como mortales que somos, hemos sucumbido a la debilidad, a la fragilidad, al miedo, a la inminencia de una muerte que, con el continuo y oscilante movimiento de su guadaña, merodea la seguridad en la que nos hallábamos plácidamente instalados sin tener que pedir o rendir cuentas a nadie. Asi, el desafecto, la inacción o la desatención a esas muestras de humanidad que ahora añoramos han abierto las puertas a los mesías del transhumanismo, a aquellos que siguen aprovechando los pasillos de poder para socavar nuestro ánimo y exhibir la vulnerabilidad del hombre.
Entonces ¿por qué en lugar de seguir con el transhumanismo, no pensamos y actuamos mejor en una valiente y necesaria rehumanización?
[1] ESTEBAN, Miriam (2024) El delirio del transhumanismo: la primera mujer que se siente robot
[2] DAHBAR, Mariana (2024) https://www.infobae.com/sociedad/2024/09/16/rocio-buffolo-es-abogada-cantante-y-se-implanto-un-chip-en-el-cuerpo-me-autopercibo-robot/
[3] POU Sabate, Lucia (2025) Transhumanismo y escatología cristiana: el futuro humano entre la ciencia y la fe
[4] https://posmodernia.com/antropoclastia-el-tabu-contra-la-normalidad/
[5] DOMINGUEZ Diaz, Emilio (2025) El desafío del transhumanismo











